Plaza DF - Celebraciones 28 de dic 2012
Paisajes del viaje: una foto al DF
La plaza principal del DF era una planicie interesante, limpia. En el centro del centro se hallaba el pabellón que ondulaba cuando el viento permitía azotarle. Noté que el aire apenas se escabullía entre los edificios que rodeaban la manzana principal, no así el tránsito. Había autos, taxis blancoamarillos como los que uno acostumbra a ver en las películas, pero más modernos. Había carretas azules cinchadas por piernas afligidas del turismo incesante, aun así imperturbadas por el pico-y-placa. Las entradas a los museos de la zona estaban apenas resguardados por cuerpos policiales -México es un país museo y un gran refugio, no sólo del viento-, mientras la entrada al Tenochtitlán se mantenía impetuosa y distante. De hecho, jamás logré entrar. Nota mental: el tiempo es una cosa que el montevideano no sabe apreciar, hasta que turistea.
Indígena purgando las malas vibras
Los edificios coloniales y modernos, las banderas nacionales, indios (?) esfumando malas vibras en el medio de la calle, la música indígena y los caminantes refugiados en los ipod. El tumulto parecía un puñado de hormigas de distintos colores dirigidas a su labor. Poco a poco la vista se me fue nublando en el festival. El ardor en mis ojos no era emoción o polvo picante, era producto de la atención que merecía el pueblo. Uno debe ser sutil y objetivo ante una comunidad tan grande, en la que casas, metro-buses, subtes, legajos aztecas, mayas, árboles, animales, rascacielos y el hollín conviven tan bien juntos. Incluso la mezcla de sonidos citadinos congeniaban como los grillos de una noche de verano. Soy mujer de campo, pero debo reconocer que el ruido de aquella capital sonó sutil para los repiques que llegan a mi ventana en el barrio Cordón de Montevideo.
La cargazón de las iglesias no lo era todo pero, a su vez, se reconocía en la generalidad. Había rococó en los murales, en la vestimenta. Había gritos de emancipación en el arte callejero. Había religión y leyenda en la bandera. Había un cuerpo indígena en la figura de Jesús. Aroma a raíces y sangre nueva. Creo que no soy la única que se ha preguntado allí, frente a la iglesia que esconde el templo mexica, quién o qué preponderó al fin.
Tenochtitlán
Quise saber qué se respiraba más, pero lo sabría recién en mi segunda visita, luego de las fiestas, luego de varias despedidas en un enero maravilloso. El 28 y el 29 de diciembre el Distrito Federal, sin embargo, estaba colmado de adornos: banderines de todos los colores, vendedores en el piso, en la pared, en cada recoveco, luces cantantes en los edificios emblemáticos. Cómo olvidar el aroma a algodón dulce, a caramelo, a maíz en todas sus formas. Tenía la cabeza cubierta por la lluvia, así que apenas logré entrever el manoseo mercantil en los puestitos. Así entendí por qué los billetes locales eran de plástico lavable, una estrategia higiénica correcta con la que no contamos en Montevideo.
Todo transcurría muy rápido. La ciudad estaba de fiesta. El ruido era intenso. Un sonido mariachi lejano. Los flashes enceguecían. Uno era capaz de perderse a uno mismo en aquel alboroto magistral, casi incómodo. Negocié mi paso en la calle. Negocié precios como pude, intentando invertir lo justo por día. La comida me abrió los ojos, así que la balanza se inclinó por la diversidad gastronómica. Era mucha tentación (los colores tienen ese efecto en mí). Y el picante de entremés, de plato principal y de postre. No podía quejarme. Amo esa sencillez e intensidad. No es por nada que los estadounidenses, cuando salen de su país, extrañan la comida mexicana.
Tacos al Pastor
Mientras parábamos en los bares, restaurantes, puestos callejeros para degustar diferentes menúes, no pude dejar de notar la evolución de la jerga. Creo que nunca había ido más allá de reconocer un acento, porque nunca se me presentó la oportunidad de ver tanta diversidad entre personas de un mismo país. Ese acento ya no era sólo hablado, sino degustado. Entre bocado y trago, entre negociaciones y halagos, los lugareños se hicieron conocer por su lenguaje peculiar. En un principio, no pude notarlo sino por el tipo de taco, más por el relleno que la tortilla. Las preparaciones eran diferentes (seré sincera: me hice experta casi al regreso a Uruguay, cuando uno procesa la información). Cada platillo contaba una historia de migración más que de unión de pueblos. Un poder que sólo el corazón del país puede concentrar. Se trata de una condición universal, la de llegar a la capital por falta de oportunidades, y lo asevero como testigo. Poco a poco, los no mexicanos del grupo fuimos reconociendo en los placeres de nuestros anfitriones el origen del platillo. Algunos orgullosos del mole poblano, otros contentos de reconocer platos costeños. Y la bendición llegaba con diferentes alabanzas, o el tradicional silencio de la satisfacción.
A pesar de tanta tradición, las señales luminosas no callaron los legajos coloniales modernos. No faltaba nada del mundo en Ciudad de México, y menos que menos la influencia estadounidense y de primer mundo. La tecnología podía respirarse. El apuro por llegar a todos lados. La exposición de Marilyn Manson. La fluctuante cotización del dólar de acuerdo a la llegada de visitantes de la frontera vecina. La iglesia moderna de la Virgencita de Guadalupe. La puntualidad del transporte. Y hasta el índice de obesidad infantil. Me emocionaba ver cómo las guitarras españolas recitaban al son de los tambores y las flautas indígenas. Que los muros fueran sobre Trotsky, las canciones sobre las injusticias del mundo y la habilidad del guerrero nativo. Y cómo se mezclaban los Benito Juárez azulados con los devaluados George Washington en el sombrero de un artista callejero (quizá una estatua viviente).
Fuera de las extravagancias de la cultura mexicana, de su sencillez, de las importaciones y de la historia que uno admira, tuve la oportunidad de quitarme las fiestas de la cabeza y quedarme con una fotografía franca del DF, y de México en general. Mi segunda vez en la plaza del DF el 20 de enero de 2012, me di cuenta de que la bandera verdirroja, en el centro del centro, era lo único que vestía la plaza día a día.





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